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De Iñárritu o la inesperada reflexión que provoca el triunfo ajeno.

La victoria de Birdman e Iñárritu en la 87va entrega de los premios Oscar puso a todo México a gritar de emoción y felicidad casi al mismo nivel que cuando nuestra mediocre selección de fútbol llega a octavos de final en un mundial. Todo este suceso se ha vuelto no sólo un acontecer  a nivel cinematográfico sino también social para nuestro país. Personalmente he tenido un montón de reflexiones a partir del logro de mi compatriota.Yo entiendo el furor por el triunfo de Iñárritu como mexicano, como artista y como ser humano pero no creo que las victorias de Birdman sean victorias mexicanas. Sin embargo, debo aceptar que el factor de su nacionalidad sea la misma que la mía hace que su triunfo me hable más directamente.

El triunfo de Iñárritu después de el de Cuarón (a quien personalmente considero mejor director) me deja claro que el talento no tiene que ver con la nacionalidad. El talento tiene que ver con trabajo, disciplina, constancia, dedicación, intuición y sobre todo, arriesgarte y echarle toda la carne al asador por lo que crees. No es suerte ni una “llamarada de petate” que el Oscar se haya ido a las manos de el Negro (cómo le dicen a Iñárritu); su filmografía es impecable y se ve una evolución artística en cada uno de sus trabajos.

Pero tampoco es coincidencia que el premio se lo haya dado la industria cinematográfica de Estados Unidos; por un proyecto hecho en Estados Unidos (sí, aunque les duela Birdman no es una película mexicana, no mamen). ¿Qué me dice esto a mí? Que para triunfar en este país tienes que pensar y hacer las cosas como el sistema lo indica -y lamer muchos huevitos en el inter- o uno tiene que huir. Sí, suena fuerte pero me hace sentido. La gente “exitosa” de este país es la que alaba y hace las cosas como quieren los que tienen poder -y con poder no me refiero al gobierno necesariamente-. Si en este país piensas diferente y cuestionas lo establecido, se te cierran las puertas y esto lo digo por experiencia propia. Me duele darme cuenta que en mi país pase esto, que el miedo a lo diferente sea mayor que las ganas de progresar; y que la envidia nos gane cuando el triunfo no es nuestro.

Aplaudo el coraje que la gente como Iñárritu, Cuarón, Lubezki, la misma Salma Hayek y otros tantos han tenido para salir de su zona de confort y buscar sus objetivos. Yo muchas veces no he tenido el valor de hacer lo mismo. El miedo me ha sobrepasado la mayor parte del tiempo. Se que mis circunstancias y mi “calidad” artística no son equiparables a las de estas personas; pero estoy seguro que mis aspiraciones artísticas y humanas van por el mismo camino que las de ellos. Ver ganar a Iñárritu el Oscar para mí fue una llamada de atención al artista que soy, pero sobre todo fue una señal para despertar al soñador que siempre he sido.

Hace unos meses, cuando me dieron de baja de Casa del Teatro, la mujer que tomó esa decisión me dijo: “Tú no eres una persona para este tipo de formación artística; necesitas una escuela como las de Estados Unidos donde uno va construyendo su actoralidad de una manera más ecléctica”. En ese entonces lo sentí como un discurso de consolación (para ella y para mí) por haberme dado de baja injustamente. Hoy, después de ver lo alto que ha llegado Iñárritu, me gusta pensar que lo que esa mujer no se daba cuenta con lo que me decía es que mi destino es mucho más grande que lo que esa escuela  y sus “habilidades” pedagógicas podían darme.

En este momento no se cómo lograr mis objetivos artísticos con acciones concretas pero el simple hecho de sentirme abierto al cambio y con ganas de desarrollarme desde donde mis circunstancias lo permiten me hace sentir mucho más artista de lo que las escuelas, talleres y cursos por los que he pasado me han hecho sentir.

La vida me ha enseñado que el destino siempre es más sabio que mis deseos; pero ayer aprendí de Iñárritu que el destino SIEMPRE es el resultado de mi trabajo y por lo tanto, está en mis manos.

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