vida

El niño que sigo siendo

Mañana es día del niño en México e inevitablemente en estas fechas siempre pienso en mi infancia. Me encanta poder reconocer que fui un niño extremadamente afortunado por haber vivido una infancia feliz lejos de problemas familiares, sociales, de enfermedades y demás.

Fui un niño que lo único a lo que temía eran a los monstruos que habitaban debajo de su cama; que su mayor preocupación era terminar la tarea antes de que empezaran las caricaturas; su mayor frustración era tener que comer vegetales para poder comer helado y nada le daba más felicidad que mojarse hasta quedar empapado por la lluvia una tarde de verano.

En ¿qué momento me compré la idea de que para ser adulto debía “madurar”? No lo se, pero yo creo que es una pendejada. Madurar es comenzar a podrirse. Los miedos dejan de vivir debajo de nuestra cama para habitarnos a nosotros, las frustraciones se vuelven el pan de cada día, tenemos más preocupaciones que tareas y la felicidad se vuelve más efímera y difícil de encontrar.

Con el paso de los años me volví un hombre muy estructurado. Para mí no había nada mejor que ser disciplinado y responsable en la vida. Eso me alejó mucho tiempo de mi niño interior pero últimamente, gracias al trabajo de reconexión que he venido haciendo, me he permitido volver a escuchar a ese niño que habita en mí. Eso me ha ido acercando, cada vez más, a mi verdadera esencia. Ahora cuando me siento frente alguna incertidumbre de la vida me basta con preguntarme ¿qué pensaría el niño que fui de la persona que soy hoy? y eso es suficiente para encontrar mi rumbo. Sí, lo acepto, tengo muchos momentos de vida en los que ese niño que fui no estaría muy orgulloso de en quien se ha convertido pero en general, estaría bastante satisfecho con la persona en que se ha convertido.

Por el camino he perdido sueños, he cambiado otros tantos, conservado unos más y he podido descubrir nuevos sueños por los que luchar; hoy entiendo que así es la vida. Pero también ahora puedo afirmar con toda la seguridad que tengo las mismas ganas de comerme el mundo y experimentar lo que la vida me ofrece que aquel niño que creció Tenancingo. Y eso, me hace seguir siendo un niño extremadamente feliz.

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