actitud, aprendizaje

Día de suerte

Soy una persona que no cree en la suerte. Para mí, las cosas buenas o malas que no tienen que ver con una cuestión de suerte sino de actitud. Uno atrae las cosas que le suceden. Seguro muchos dirán: “No creo que nadie quiera atraer algo malo”; y estoy completamente de acuerdo pero, inconscientemente, cuando nuestra actitud es negativa atraemos cosas “negativas” y lo pongo entre comillas porque lo que en realidad está llegando a nosotros es una lección de vida. En fin, eso no es de lo que quiero hablar…

Ayer tuve un día que muchos podrían llamar “día de suerte”, yo diría que simplemente fue un día en el que el universo se dio cuenta de que estoy muy contento donde estoy, que estoy buscando sacar el mayor provecho de lo que estoy viviendo y decidió consentirme. ¿Cómo lo hizo? Todo el día me salieron las cosas mejor de lo que esperaba y yo, se lo agradezco.

Ayer después de levantarme me fui a bañar. Al abrir la llave, el agua salió justo a la temperatura que me gusta. ¡Increíble, ¿no?! Eso no fue todo. Llegando a la escuela me tocó tomar unas sesiones de “orientación” para tener una mejor adaptación a la vida en Australia y ¿qué creen? ¡Había comida gratis! Ya se que eso suena ridículo pero cuando uno es estudiante en otro país, es un regalo del cielo. Además no fue cualquier comida, fue una comida deliciosa y en buffet… Yo evidentemente lo inauguré y clausuré.

Por la tarde nos llevaron a recorrer Bendigo (la ciudad donde vivo) y para hacerlo hicieron una carrera al estilo The Amazing Race. Para quienes no haya visto nunca este programa de televisión, es un reality show en el que los participantes recorren el mundo siguiendo pistas y realizando ciertas pruebas en los lugares que van visitando. Obviamente el rally que nos hicieron a nosotros no tenía la súper producción que tiene el reality gringo pero estuvo muy divertida y me sirvió para conocer la ciudad un poco más.

Pero lo mejor de mi día sucedió en la noche. Una chica estaba cumpliendo años y decidimos ir a un bar a celebrarla. Al llegar al lugar y ver los precios casi me desmayo… CA-RÍ-SI-MOS… la chela, que era lo más barato costaba 4 dólares (unos 50 pesos mexicanos) y bueno, yo me pedí sólo eso porque no vengo en el plan millonario, verdad. Total, que todos mis amiguitos pidieron de comer y beber como si regalaran las cosas (las ventajas de ser del primer mundo y ganar dinero en ese nivel) y en el lugar se hicieron bolas e hicieron un platillo de más. Al ver que nadie lo había pedido, se acercó la mesera y me dijo “¿lo quieres? no te lo cobramos y sino de todos modos lo tengo que tirar a la basura”. Por supuesto que acepté el platillo (una milanesa de pollo con tocino y queso derretido) porque con el hambre que hay en el mundo, no podía ser promotor de desperdiciar comida. Y para cerrar con broche de oro, uno de mis roomies me invitó una cerveza más como bienvenida a la casa en que vivimos y a la escuela. ¡De poca madre!

Lo que me quedo de todo esto es que cuando no esperas nada de nadie pero enfrentas la vida con la mejor actitud, dispuesto a dar todo de ti y encontrar la mejor cara de la moneda; el universo encuentra formas para recordarte que está conspirando a tu favor. Así que a ponerle buena cara al día a día y como dice el dicho: “Si la vida te da la espalda, agárrale las nalgas”.

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