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La vida no es justa

Hace dos años mi vida cambió por completo de un día a otro. Hace dos años mi camino por el teatro sufrió un imprevisto y se detuvo. Mi maestra de actuación decidió darme de baja de la carrera bajo argumentos muy cuestionables y poco éticos para mí, aunque para ella sus razones eran válidas (supongo). Quienes han seguido de manera constante este blog, saben que en ese momento de mi vida fue muy difícil porque me sentía perdido en el mundo.

Mucho tiempo estuve frustrado, enojado y decepcionado conmigo y con la vida. ¿Por qué me estaba pasando eso a mí? Yo había dado lo mejor de mí, había trabajado con entrega y disciplina todo el tiempo. No me merecía lo que me hicieron. Pero eso a la vida no le importa. La vida, para bien y para mal, no es justa. Así que de un momento a otro tuve que lidiar con eso.

Y aprender que la vida no es justa a través de la pérdida de mi sueño no fue fácil. Llevaba mucho tiempo intentando lograrlo que no sabía dejarlo ir. Y era lógico, desde niño siempre me enseñaron a luchar por mis sueños y buscar mis metas hasta alcanzarlas. Bajo esa lógica, renunciar a un sueño era sinónimo de fracasar y por lo tanto, para mí estaba prohibido. Yo no quería fracasar, así que intenté aferrarme a mi sueño lo más que pude. Hasta que comencé a cansarme, perdí mis fuerzas y lo dejé ir.

Sin embargo,  por mucho tiempo estuve parado en el mismo lugar viendo cómo mi sueño se iba alejando de mí. Luego yo decidí darle la espalda. Pero de forma lenta y gradual pues tenía la esperanza de que la vida se arrepentiría y me regresaría mi sueño al darse cuenta de la injusticia que había cometido conmigo. Eso no pasó porque (como lo dije antes) la vida no es justa.

Así que renuncié a mi sueño de ser actor. Y al igual que la primera vez que me rompieron el corazón, el orgullo me ayudó a salir adelante. Sí, a veces el orgullo es necesario para superar nuestros problemas. Claro que los primeros meses no fue nada fácil. Pero así como después de mi primer truene pensé que nunca más volvería amar y llegó mi segundo amor y redescubrí nuevas y mejores formas de amar, así llegó a mi vida la oportunidad de venirme a vivir a Australia y encontré nuevos y mejores sueños. En este tiempo, me he vuelto a redescubrir, a reinventar y a reconstruir como persona. He hallado nuevos sueños, me he planteado nuevas metas y reconocido nuevas posibilidades. Y de paso descubrí que renunciar y rendirse no son sinónimos de fracasar.

Fracasar es no dar batalla, dejar ir sin luchar por miedo a perder. Renunciar es tener la capacidad de entender que seguir aferrado a algo me va a lastimar más de lo que me haría crecer. Rendirse es haber luchado con todo y entender que a pesar de haber perdido la batalla, logré transformarme en alguien mejor. Y si de algo estoy seguro es que yo luche y me entregué con todo y que el teatro me cambió.

Ahora, a dos años de distancia, puedo voltear a ver el lugar donde dejé mi sueño y lo veo vacío. Mi sueño se ha ido a otro lugar. Pero ya no me duele, ya no lo extraño. Claro que a veces todavía pienso en mi sueño pero igual que cuando pienso en mis viejos amores: con un poco de nostalgia y una sonrisa en la cara por todo lo que aprendí de él. Ahora tengo otro sueño y he aprendido a vivirlo con la misma intensidad pero de mejor manera. Porque con los sueños sucede igual que en el amor, siempre el siguiente es mejor que el que se ha ido.

Y sí, este sueño también se va a terminar. Llegará el momento en que tenga que soltarlo, porque la vida no es justa. Eso me volverá a doler. Probablemente volveré a sentir que el mundo es una mierda. Pero no importa, porque dentro de mí seguirá habitando la certeza de que vendrán tiempos mejores. Porque, citando a Albert Camus, “en lo más profundo del invierno, finalmente aprendí que dentro de mí se encuentra un invencible verano” y eso bastará para volver a soñar las veces que sean necesarias.

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