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Mi historia al salir del closet

El 11 de octubre es el día internacional de salir del closet. Esta fecha se instauró para dejar constancia de lo importante que es alzar la voz de la comunidad LGBTQ en la sociedad, recordar las batallas que hemos conquistado, combatir nuestros miedos y celebrar quiénes somos; pero sobre todo para darle ánimos a todas aquellas personas que siguen en el closet y demostrarles que hay luz del otro lado de la puerta. Hoy quiero contar la historia de mi salida del closet en honor a todas esas personas que se encuentran en el closet por miedo a ser juzgadas, acosadas, maltratadas y/o rechazadas; pero en especial en honor a un amigo que quiero mucho (y que por respeto no diré su nombre) y que hace un par de semanas me llamó para pedirme un consejo sobre esta situación. Tú sabes quién eres y yo se que tú me lees. R, estos Escritos Matutinos van para ti, chaparrito, te quiero mucho y estoy contigo.

Nací y crecí en una ciudad muy pequeña del estado de México en donde toda la gente está al pendiente de lo que hace la demás gente. Para bien y para mal mi familia es muy conocida en ese lugar, por lo que yo especialmente siempre me sentí observado. A eso le tuve que añadir que en la escuela tuve compañeros que de “joto”, “maricón” y “puñal” no me bajan; que aunque fueron los menos, me hicieron pasar muy malos ratos. Estas situaciones hicieron que cuando empecé a reconocer mi identidad sexual lo hiciera con mucho miedo, culpa y angustia.

El último año de la prepa decidí salir del closet con mis amigos porque me parecía que era justo que la gente que había compartido mi adolescencia supiera en verdad quién era yo. Además ya teníamos un amigo que previamente había salido del closet y sabía que todos iban a reaccionar bien, lo que me facilitó mucho las cosas. No me equivoqué, todos mis amigos se portaron conmigo igual que siempre. El siguiente paso era salir con mi familia.

Tengo la ENORME fortuna de que desde que nací mi familia SIEMPRE ha sido muy amorosa conmigo. Sin embargo, había estado escuchado muchas voces (unas malintencionadas, otras no) que me decían que me iban a rechazar en mi casa, que le iba a provocar una vergüenza a mi familia y mil pendejadas más que por miedo me creí. Yo estaba convencido de que lo mejor para mí era vivir en el closet pensando que así no le haría daño a nadie. Pero con esa decisión le estaba haciendo daño a la persona más importante de mi vida: yo mismo.

Afortunadamente, a unos meses de cumplir mis 18 años me fui a vivir a la Ciudad de México para estudiar la universidad. Ahí conocí más gente gay y me di cuenta de la bendición que era poder expresar quién era sin miedos ni culpas. Entonces pude verdaderamente salir de closet conmigo mismo y se me quitó un peso gigante de los hombros. Sin embargo, todavía seguía cargando el peso de que mi familia no sabía realmente quién era.

Recuerdo que el puente del 16 de septiembre de ese año (2004), unos amigos fueron a mi casa a pasar el fin de semana y de regreso al D.F. me dijeron que mi familia era a toda madre y que seguro no tendrían problemas con que yo fuera gay porque se notaba que me querían muchísimo. Esas palabras me dieron la señal de que era el momento de salir del closet.

Por ese tiempo, también estaba en la compañía de teatro de la universidad y teníamos un jueguito que se llamaba “Sí, pero…” que consistía en que alguien te hacía una pregunta y tú debías contestarla forzosamente con “Sí, pero…” y continuar la respuesta. Yo me obsesioné con ese juego y lo quería jugar en todos lados y con todo el mundo. Una noche lo estaba jugando con mis papás y las preguntas empezaron a ser más personales (en el mejor de los sentidos). Yo me sentí muy en confianza y decidí preguntar “¿Les importaría mucho que fuera gay?”. Recuerdo que mi mamá se puso a llorar pero me dijo que no le importaba que fuera gay sólo que le daba miedo que fuera a sufrir por eso (Gordi: si te hace sentir mejor, desde entonces nunca he sufrido por eso). Pero la reacción que menos me esperaba y más me impresionó fue la de mi papá porque sólo me abrazó y me dijo: “Si así eres feliz, yo te apoyo”.

Estoy seguro que la noticia no debió ser fácil para mis papás porque indudablemente se vinieron abajo ciertas expectativas que tenían de mí y porque en la sociedad tan machista y homófoba que en la que vivimos NADIE quiere un hijo gay porque saben que no la tienen fácil. Pero los dos estuvieron a la altura de la situación y desde entonces SIEMPRE me han hecho sentir amado y apoyado, lo que ha sido importantísimo en la construcción de mi identidad personal.

Desde la primera vez que le dije a alguien que era gay hasta el día hoy he salido infinidad de veces del closet y estoy seguro que, mientras no entendamos que la homosexualidad es algo natural, me quedarán muchísimas más veces por salir del closet. Y está bien, si ese es el precio que tengo que pagar por ser quien soy lo voy a pagar (y hasta con intereses), porque la libertad y la felicidad que me da el poder ser quien soy son invaluables.

Escribo esta historia, mi historia, porque creo que asumirme abiertamente gay es una manera de dignificarme no sólo a mí sino a toda la comunidad LGBT; porque creo que es una manera de luchar contra el discurso homofóbico que en pleno 2016 perdura en el mundo y porque tengo fe en que mi historia le puede dar esperanza a alguien en conflicto. Salir del closet es un acto de valentía que nos beneficia como individuos y como sociedad porque se promueve y normaliza la diversidad. Salir del closet es celebrar y abrazar las diferencias. Así que sal del closet, acéptate y libérate. Probablemente no será fácil, pero valdrá la pena. Te lo aseguro.

 

 

 

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