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La nostalgia sabe a hotcakes en Navidad

Vivir en un país distinto al que nacimos viene acompañado con tener las emociones a flor de piel en todo momento. En el año y medio que llevo viviendo en Australia me he permitido vivir mis emociones constantemente sin restricciones. Generalmente ha sido un proceso muy disfrutable porque usualmente experimento emociones agradables. Sin embargo, este fin de semana me invadió la nostalgia inesperadamente y con una fuerza descomunal que no la pude controlar y me tuve que rendir ante ella. Y entonces, entendí que la distancia tiene un sabor muy particular.

La semana pasada estuvo cargada de mucho estrés: tuve muchas cosas que resolver en el trabajo, con mi tesis y de paso me eche un mini round con uno de mis mejores amigos; lo que seguramente me hizo bajar la defensas emocionales. Lo bueno es que el fin de semana era muy prometedor: iba a ir al concierto de mi cantante australiano favorito y era la cena de Navidad con mis dos mejores amigos (uno de ellos fue con el que me eché el round).

El sábado en la tarde fui a casa de mi amigo Marc porque íbamos a ir juntos a Melbourne en la noche (yo al concierto y él a un evento que tenía) y para disque ayudarle un poco con la cena del siguiente día. En la casa de Marc estaba presente toda la parafernalia navideña: árbol, comida, regalos y villancicos en todos los idiomas y versiones. Yo nunca he sido muy fan de la Navidad y generalmente la fecha pasa sin pena ni gloria por mi vida, pero justo al entrar en la casa de mi amigo me sentí “incómodo”: me la pasé quejando de los villancicos TODO el tiempo.

Mi amigo me preguntó qué tenía pues le sorprendió mi actitud hacia los villancicos. Yo le dije que no tenía nada. Él no se compró mi explicación y sólo me dijo que sentía que había algo más pero que respetaba mi decisión de no querer contarle. Yo en ese momento sólo pude decirle que me sentía raro pero no sabía por qué. Esa era la verdad, me sentía raro pero no sabía de qué manera: si triste o enojado o nostálgico o cómo…

A la mañana siguiente, fuimos a desayunar a casa de Katherine, una amiga/vecina de Marc, para celebrar Navidad (por cuestiones de logística tuvimos que adelantar el festejo navideño una semana, pero esa es otra historia). Katherine preparó hotcakes para desayunar. Yo estaba muy emocionado porque llevaba sin comer hotcakes desde antes de venir a vivir a Australia y es una de mis comidas favoritas. Me serví mis hotcakes, les puse miel maple, me llevé el primer bocado a la boca y entonces pude reconocer lo que me estaba pasando: tenía homesick.

En el camino de regreso a la casa de mi amigo me solté a llorar sin control. Me invadieron unas ganas tremendas de estar con mi familia, de abrazar a mis papás y mi hermano. Me sentí muy confundido porque por primera vez desde que llegué a Australia me sentí lejos de casa pero al mismo tiempo sentía que estaba en el lugar correcto. Lo bueno de este momento es que Marc estaba conmigo y él también es un migrante por lo que supo entender qué me estaba pasando y mostrar mucha empatía. Eso me dio la seguridad de poder dejar fluir por mis emociones la nostalgia, vivirla y hasta disfrutarla. Más tarde, mientras estábamos en la cena de navidad pude acomodar mejor mis sensaciones dentro de mí y saborear la nostalgia que conlleva el ser un migrante por decisión.

Los hotcakes del domingo por la mañana me hicieron ver que irme a vivir a un nuevo lugar ha sido una gran experiencia que me ha permitido expander mi concepto de hogar. Eso implica entender que siempre habrá una parte en mi corazón añorando el hogar que dejé en México y tener que aceptar ser el hijo/hermano/amigo por Skype. Vivir en en otro país por decisión propia ha sido aprender a vivir con una constante lucha interna entre la felicidad de estar haciendo lo que amo y la culpa que conlleva ser feliz estando tan lejos de quienes te aman y amas.

Vivir en un país diferente es probar unos hotcakes y que el sabor a mi infancia me haga ser consciente que estoy solo en el mundo. Y que al mismo tiempo me haga dar cuenta que realmente no estoy solo ya que he logrado crear una nueva familia aquí. Pero mucho más allá de eso, elegir vivir en otro país es comer un plato de hotcakes y verdaderamente entender que el amor de mi gente siempre está a mi lado  porque el amor no entiende de tiempo y espacios. Bien dice mi mamá que “la distancia separa cuerpos pero nunca corazones”.

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